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Archivos diarios: enero 16, 2019

La historia de los Mártires de Chicago. En honor a ellos se celebra el 1º de Mayo.

En Haymarkett Square, Chicago, el 4 de mayo de 1.886, durante una manifestación pacífica, una persona desconocida lanzó una bomba a la policía, la cual intentaba disolver de forma violenta la manifestación. Este hecho desembocó en un juicio celebrado años después. Este proceso judicial fue calificado de ilegítimo y deliberadamente malintencionado. Los procesados fueron ocho trabajadores anarquistas y comunistas. Fueron llamados Mártires de Chicago por el movimiento obrero.

A finales del siglo XIX, Chicago era la segunda ciudad de Estados Unidos. Del oeste y del sudeste llegaban cada año por ferrocarril miles de ganaderos desocupados, creando las primeras villas humildes que albergarían a cientos de miles de trabajadores. Además , estos centros urbanos acogieron a emigrantes venidos de todo el mundo a lo largo del siglo XIX.

Una de las reivindicaciones básicas de los trabajadores era la jornada laboral de ocho horas. El sindicato American Federation of Labor (AFL) (Federación Americana del Trabajo), en su cuarto congreso celebrado el 17 de octubre de 1.884, había resuelto que que desde el 1º de Mayo de 1.886, la jornada laboral debería ser de ocho horas. En caso de no obtener respuesta a esta reivindicación, se iría a la huelga. Recomendaba a todas las secciones sindicales que trataran de promulgar leyes con ese contenido en todas sus jurisdicciones. Esta resolución despertó el interés de todas las organizaciones, que veían que la jornada de ocho horas posibilitaría una mayor cantidad de puestos de trabajo. Esos dos años (1.884-1.886) acentuaron el sentimiento de solidaridad y acrecentó la combatividad de los trabajadores en general.

En 1.886, el Presidente estadounidense Andrew Johnson promulgó la Ley Ingersoll, estableciendo las ocho horas de trabajo diarias. Al poco tiempo, 19 estados sancionaron leyes que permitían trabajar jornadas de 8 y 10 horas (aunque siempre con clausulas que permitían hacer trabajar a los obreros entre 14 y 18 horas). Las condiciones de trabajo eran similares y las condiciones en que se vivía seguían siendo insoportables.

Como en la práctica la Ley Ingersoll no se cumplió, las organizaciones laborales y sindicales estadounidenses se movilizaron. La prensa en seguida satanizó a los obreros reivindicativos  calificándolos de antipatriotas y vagos y  tachando al movimiento huelguista de indignante e irrespetuoso.

La central sindical llamada Noble Orden de los Caballeros del Trabajo remitió una circular a todas las organizaciones adheridas donde se manifestaba que ningún trabajador adherido a esa central debía hacer huelga el 1º de Mayo, ya que no se había dado ninguna instrucción al respecto Este comunicado fue rechazado de plano por todos los trabajadores de EE.UU y Cánada, quienes repudiaron a los dirigentes de la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo por traidores al movimiento obrero.

El 1 de mayo de 1.886, 200.000 trabajadores empezaron la huelga, mientras que otros 200.000 obtenían esa conquista con la simple amenaza de paro.

En Chicago, donde las condiciones de los trabajadores eran mucho perores que en otras ciudades del país, las movilizaciones siguieron los días 2 y 3 de mayo. La única fábrica que trabajaba era la fábrica de maquinaría agrícola McCormick, que estaba en huelga desde el 16 de febrero porque querían descontar a los obreros una cantidad para la construcción de una iglesia. La producción se mantenía a base de esquiroles. El día 2, la policía había disuelto violentamente una manifestación de más de 50.000 personas y el día 3 se celebraba una reunión en frente de las puertas de la fábrica McCormick. Cuando estaba en la tribuna el anarquista August Spies, sonó la sirena de salida de un turno de rompehuelgas. Los concentrados se lanzaron sobre los esquiroles, comenzando una pelea campal. Una compañía de policías, sin aviso alguno, procedió a disparar a quemarropa sobre la gente, causando seis muertos y varias decenas de heridos.

Adolph Fischer, redactor del periódico Arbeiter Zeitung, corrió hacia la impreta del periódico para imprimir 25.000 octavillas. Las mismas proclamaban:

Trabajadores: la guerra de clases ha comenzado. Ayer, frente a la fábrica McCormick, se fusiló a los obreros. ¡Su sangre pide venganza¡.

¿Quién podrá dudar ya que los chacales que nos gobiernan están ávidos de sangre trabajadora?.

Pero los trabajadores no son un rebaño de carneros. ¡Al terror blanco respondamos con el terror rojo¡. Es preferible la muerte a la miseria.

Si se fusila a los trabajadores, respondamos de tal manera que los amos lo recuerden por mucho tiempo.

Es la necesidad lo que nos hace gritar: ¡A las armas¡

Ayer, las mujeres y los hijos de los pobres lloraban a sus maridos y padres fusilados, en tanto que los palacios de los ricos se llenaban de vino costoso y se bebía a la salud de los bandidos del orden…

¡Secad vuestras lágrimas, los que sufrís¡

¡Tened coraje, esclavos¡ ¡Levantaos¡.

La proclama terminaba convocando un acto de protesta para el día siguiente, el 4 de mayo, a las cuatro de la tarde, en Haymarket Square. Se consiguió un permiso del alcalde Harrison para celebrar un acto a las 19:30.

El 4 de mayo a las 21:30, el alcalde, quién había estado presente en el acto de Haymarket Square para garantizar la seguridad de los obreros, dio por terminado este. Pero el acto siguió con gran parte de la concurrencia (más de 20.000 personas). El inspector de policía, John Bonfield, consideró que habiendo terminado el acto no podía permitir que los obreros siguieran en ese lugar, junto a 180 policías uniformados avanzó hacia el parque y empezó a reprimirlos. De repente, estalló entre los policías un artefacto explosivo que mató a un oficial de apellido Degan y produjo heridas en otros. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un número desconocido de obreros. Se declaró el Estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se  detuvo a centenares de obreros, los cuales fueron golpeados y torturados, acusados del asesinato del policía. Se realizaron cantidad de allanamientos y se descubrieron arsenales de armas, municiones, escondites secretos y hasta “un molde para fabricar torpedos navales”.

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La prensa en general se plegó a la represión y realizó una campaña apoyando y animando la misma.

El 21 de junio de 1.886, se inició la causa contra 31 responsables, siendo luego reducido el número a 8. Pese a que el juicio fue en todo momento una farsa y se celebró sin respetar norma procesal alguna, la prensa sostenía la culpabilidad de todos los acusados y la necesidad de ahorcar a los extranjeros. Aunque nada pudo probarse  en su contra, los ocho de Chicago fueron declarados culpables, acusados de ser enemigos de la sociedad y del orden establecido. Tres de ellos fueron condenados a prisión y los cinco restantes a la horca.

Juicio a los mártires de Chicago

En la actualidad se considera que juicio estuvo motivado por razones políticas, y no por razones jurídicas. Es decir, se les juzgo por su ideología libertaria y su condición de obreros rebeldes, más no por el incidente mismo.

John P. Altgeld, gobernador de Illinois, declaró que “los hombres ejecutados habían sido víctimas de un complot de los empresarios, los tribunales y la policía”.

Las condenas.

Prisión.

  • Samuel Fielden (inglés, 39 años, pastor metodista y obrero textil, condenado a cadena perpetua).
  • Oscar Neebe (estadounidense, 36 años, vendedor, condenado a 15 años de trabajos forzados).
  • Michael Schwab (alemán, 33 años, tipógrafo, condenado a cadena perpetua).

Pena capital.

El 11 de noviembre de 1.887 se consumó la ejecución de :

  • George Engel (alemán, 50 años, tipógrafo).
  • Adolph Fischer (alemán, 30 años, periodista).
  • Albert Parsons (estadounidense, 39 años, periodista, aunque nunca se probó que estuviese en el lugar de los hechos, se entregó para estar con sus compañeros y fue juzgado igualmente).
  • August Vincent Theodore Spies (alemán, 31 años, periodista).
  • Louis Lingg (alemán, 22 años, carpintero), para no ser ahorcado, se suicidó en su propia celda.

Relato de la ejecución por José Martí, corresponsal en Chicago del periódico La Nación de Buenos Aires.:

…salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro… Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el de Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: “la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora”. Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable…

José Martí.

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A finales de mayo de ese mismo año, varios sectores patronales accedieron a otorgar la jornada de ocho horas a varios centenares de miles de obreros. El éxito fue tal que la Federación de Gremios y Uniones Organizadas expresó su júbilo con estas palabras: ” Jamás en la historia de este país ha habido un levantamiento tan general entre las masas industriales. El deseo de una disminución de la jornada de trabajo ha impulsado a millones de trabajadores a afiliarse a las organizaciones existentes, cuando hasta ahora habían permanecido indiferentes a la agitación sindical”.

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Placa conmemorativa del Gobierno de Chicago dedicada a los trabajadores involucrados en la revuelta de Haymarket.

 
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