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Archivos diarios: enero 10, 2019

Una larga noche, de Andrea Pitzer. Un interesante y ágil recorrido por la historia mundial de los campos de concentración contada por quienes los padecieron.

Recientemente leí Una larga noche: Historia  global de los campos de concentración (La esfera de los libros).Este libro escrito por la periodista alemana Andrea Pitzer, es una obra muy amena sobre la Historia de los Campos de Concentración desde su surgimiento a finales del siglo XIX hasta nuestros días. La autora tiene el acierto de narrar los trágicos hechos desde el punto de vista de quienes los padecieron. Testimonios verídicos de vidas destrozadas o traumatizadas por ser víctimas de un experimento-el campo de concentración- que se volvería una política de Estado de lo más habitual a lo largo y ancho del planeta.  Aunque no llegué a ser una obra tan exhaustiva como Los campos de la muerte: Cien años de deportación y exterminio (Joel Kotek y Pierre Rigoilot, Salvat Contemporánea, 2.001), si que es cierto que la prosa de Pitzer es más ágil y viene a cubrir lagunas que el libro de Kotek y Rigoliot tenía, como la información referente a los centros clandestinos de detención y tortura en Chile y Argentina, hecho al que esos dos historiadores apenas concedían una página y media. Además, el libro de Pitzer es completamente imparcial, no como el de Kotek y Rigoilot que cojeaba muchísimo del pie derecho, dejando traslucir frecuentemente un anticomunismo patológico muy de la Guerra Fría. Y digo esto, porque en Los campos de la muerte, sus autores apenas dedicaron espacio a los campos de concentración franquistas-a pesar de que llegaron a ser 104 y a albergar hasta 270.000 personas- y a los campos/centros de detención chilenos y argentinos, pero dedica casi 10 páginas a los campos de concentración castristas, mucho más humanos, por cierto. El doble rasero neocon es descarado y le hace perder muchos puntos, y sobre todo credibilidad. Por eso, la obra de Pitzer sale ganando en todos los aspectos frente a la del checo y el francés.

De todas las historias que cuenta Una larga noche, creo que la que más me  ha conmovido es la de la niña protagonista del capítulo titulado Ecos del Imperio. En este capítulo se narran las atrocidades y crueldades perpetradas por el colonialismo británico en Kenia en el contexto de la represión contra el movimiento independentista Mau-Mau a finales de la década de 1.950. Aunque la imagen que tengamos habitualmente de Gran Bretaña sea la de una democracia avanzada, lo cierto es que los métodos utilizados por las autoridades británicas en Kenia no tienen nada que envidiar en salvajismo y crueldad a las de los comunistas soviéticos o los nazis alemanes. Y es que las democracias también practican el colonialismo, la tortura, el Terrorismo de Estado, las guerras ilegales contra países que no se someten, etc. Hay que desechar ya esa idea del Campo de Concentración como algo exclusivo de los totalitarismos soviético y alemán que nos quieren vender los apologistas del sistema tipo Vargas Llosa o Savater.

También resulta muy ilustrativo el último capítulo del libro, el dedicado a esa aberración jurídica que es el centro de detención y tortura de Guantánamo en Cuba, utilizado por Estados Unidos en un ejercicio de ocupación ilegal de un territorio que pertenece a Cuba. Además de violar la soberanía cubana-un caso similar al de Gran Bretaña en Gibraltar-, se han violado todas las leyes referentes a derechos de los prisioneros y los derechos humanos más elementales.  Pone los puntos de punta leer sobre como con el pretexto de los ataques terroristas del 11-S de 2.001, el Gobierno de Estados Unidos ha utilizado centros de detención y tortura clandestinos, que son limbos jurídicos, en los más diversos países. Porque no hablamos sólo de Guantánamo, también de Rumanía, Polonia, Marruecos, Afganistán o Tailandia. Nadie puede imaginar el calvario que han padecido las víctimas de la criminal política estadounidense en Guantánamo o en los citados países.  Lo indignante es que transcurridos más de 17 años del 11-S, Guantánamo sigue existiendo. Guantánamo, una de las innumerables promesas incumplidas del cínico y despreciable Barack Obama, el poli bueno, tras la presidencia del poli malo, George Bush Jr.

Y para terminar, comentar algo que casi todo el mundo ignora. El campo de concentración es un invento español. Lo creo el general Valeriano Weyler en la Guerra de Cuba (1.895-1.898). Luego le imitarían los estadounidenses en Filipinas (1.899-1.902), los británicos en Sudáfrica (1.900), los alemanes en Namibia (1.904), los franceses en Indochina, Túnez y Argelia (en las décadas de 1940 y 1950), y de nuevo los británicos, esta vez en Malasia y Kenia en las mismas décadas que Francia. Y es que el colonialismo no se puede sostener sin una política represiva permanente. Política represiva de la que el campo de concentración es la imagen más perfecta y acabada. Algo que inventaron nuestros antepasados y que copiaron y perfeccionaron los otros colonialismos. Aunque yo discrepo de la afirmación de que los españoles fuimos los primeros en crear campos de concentración. Yo creo que fuimos los segundos. Los primeros fueron los zares. Y es que ya Dostoievski estuvo preso en algo muy similar a lo que hoy consideramos un campo de concentración por motivos políticos. Pero esa información no se publica, porque al sistema le interesa blanquear al régimen zarista y negar que existiesen campos en Rusia antes del comunismo. Lo que interesa es propagar la falsa idea del campo de concentración ruso como una creación comunista. Pues enterensé, en Rusia ya había campos, gulags o como quieran llamarlo, con los zares.

En fin, si pueden, lean el libro. Estoy seguro que no les decepcionará.

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La autora, Andrea Pitzer.

 
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Publicado por en enero 10, 2019 en Uncategorized