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La represión comunista en Europa centro-oriental tras la II. Guerra Mundial. Lo que ocurría tras el Telón de Acero.

15 Ago

Para los diversos partidos comunistas que tomaron el poder en la Europa centro-oriental, con el apoyo decisivo de la URSS entre 1.945 y 1.948, cualquiera que discrepase lo más mínimo de sus planteamientos era un enemigo y alguien a quién liquidar o por lo menos neutralizar. La definición de enemigo se fue ampliando cada vez más en el bloque soviético. Y cada vez más categorías sociales, profesionales e ideológicas entraban dentro de esta.

Desde el principio, la Unión Soviética y los partidos comunistas de Europa del Este persiguieron sus objetivos mediante la violencia. A esto, no fue ajeno el hecho de que las autoridades tanto norteamericanas como británicas trataran cada vez más a la URSS con desprecio y prepotencia, y saboteasen siempre que fuese posible el orden construido por Rooselvet en Yalta (febrero de 1.945). Todos tuvieron la culpa del inicio de la Guerra Fría. Los angloamericanos, por sus constantes provocaciones y desafíos a la URSS, y esta, por reaccionar violentamente, y conculcar los Derechos y Libertades más elementales en su área de influencia. A esto hay que añadir, la tradicional visión paranoica de los hechos tanto por parte de Washington como de Moscú.  Sintiéndose saboteada por Washington y Londres, la URSS, comenzó una campaña brutal de represión política en la Europa que había “liberado” en los años 1.944-45. Esta represión, al principio iba dirigida exclusivamente contra los fascistas, nazis y colaboracionistas, pero en poco tiempo se extendería a cualquiera que las autoridades comunistas sintiesen como disidente real o potencial. En pocos meses, la palabra “fascista”, sirvió como excusa para describir a los antifascistas que también eran anticomunistas o no comulgaban con los deseos de Moscú o de las autoridades comunistas puestas a dedo por el Gobierno soviético.

Las nuevas autoridades recopilaban los nombres de periódicos, espías y diplomáticos. Cuando no disponían de nombres, la NKVD (precedesora de la KGB), preparaba listas de la “clase de gente” que debía ser detenida. El propio Iosif Stalin no sólo exigió la detención y el exilio de miembros de organizaciones contrarrevolucionarias polacas, sino también de sus familiares, así como de las familias de antiguos oficiales del ejército polaco, antiguos policías y antiguos funcionarios.

Checoslovaquia parecía ser el único país de aquellos “liberados” por el Ejército Rojo en 1.944-45, que había escapado al sistema de dictadura comunista. Todo era un espejismo. En febrero de 1.948, los comunistas dieron un Golpe de Estado y se hicieron con todo el poder.

Hacia finales de 1.948, los partidos comunistas de Europa centro-oriental ya habían impuesto enormes cambios en los países que controlaban. Habían tomado el control de las instituciones que consideraban más valiosas, eliminado a los más capaces de sus oponentes y creado las respectivas policías políticas.

A partir de 1.948, los partidos comunistas iniciaron esfuerzos destinados a corromper las instituciones de la sociedad civil desde dentro, en particular las instituciones religiosas. La intención no era tanto, destruir las iglesias sino transformarlas en organizaciones de masas, vehículos para la distribución de propaganda estatal, igual que los movimientos de jóvenes, mujeres o sindicatos comunistas. Esperaban crear no sólo una nueva clase de sociedad, sino una nueva clase de individuo, un ciudadano que ni siquiera fuese capaz de imaginar alternativas a la ortodoxia comunista. En esta etapa, los partidos comunistas sentían que ya no bastaba con amedrentar a sus oponentes. Ahora, tenían que señalarlos públicamente como traidores o ladrones, someterlos a humillantes juicios amañados,   a incesantes ataques por parte de los medios, y encerrarlos en prisiones nuevas  y más severas, y en campos de concentración especialmente diseñados para ellos.

Varsovia, en 1.945, pocos meses después de haber sido conquistada por el Ejército Rojo.

Todas las fiestas oficiales se convirtieron en ocasiones para adoctrinar, y todas las organizaciones, desde la cooperativa de alimentos Konsum en Alemania del Este a la Sociedad Chopin en Polonia, se convirtieron vehículos de distribución de la propaganda comunista.

 Multitud de sacerdotes católicos polacos fueron enviados a campos soviéticos. Los campos de la Alemania Oriental de posguerra contenían a miembros del clero católico y protestante, además de un considerable número de líderes de juventudes católicas. En Hungría, la oleada de violencia contra los grupos de jóvenes cristianos había comenzado con el arresto del padre Kiss (quién más tarde sería ejecutado), y había proseguido con la prohibición del grupo de juventudes católicas Kalot, y finalmente con campañas difamatorias contra el clero calvinista y luterano.

Los campesinos y propietarios de tierras, también fueron víctimas frecuentes. En Polonia, en el otoño de 1.952, la policía secreta arrestó a miles de campesinos que no habían cumplido los requisitos de entrega de grano. En 1.949, en Hungría, casi 3.000 propietarios de tierra fueron expulsados de sus tierras en cuestión de minutos para imponer la colectivización.

Celebración del 1º de Mayo de 1.945. El primero celebrado bajo la ocupación soviética. El personaje que aparece en la pancarta es el Secretario General del Partido Comunista Húngaro, Mátyás Rákosi, quién tras hacerse con el poder llevó a cabo una brutal represión contra toda clase de opositores, reales…o imaginarios.

Como he comentado anteriormente, muchos detenidos eran miembros de la Resistencia anti-nazi durante la II. Guerra Mundial, y que las autoridades consideraban que eran rivales peligrosos de los que había que deshacerse cuanto antes. Había de todo: liberales, socialdemócratas, conservadores, nacionalistas y cristianos.

Una última categoría de enemigo la componían los comunistas disidentes o aquellos que habiendo formado parte del partido comunista de turno, habían terminado siendo excluidos de este. La paranoia comenzó a generalizarse, las purgas se convirtieron en algo habitual, y funcionarios de la Administración, miembros del Ejército y del Partido, se convirtieron de la noche a la mañana en víctimas del sistema que hasta ese momento se había dedicado a sostener. Ya nadie estaba a salvo.

Colas para comprar productos básicos en la Polonia de los años 50.

Imagen de Sofia, capital de Bulgaria, tras el fin de la II. Guerra Mundial.

El espectáculo de la revolución devorando a sus hijos no era nuevo. Lo mismo

había ocurrido en la Unión Soviética en los fatídicos años 1.936-1.938, período conocido como los Procesos de Moscú, la Gran Purga o el Gran Terror.

Entre los comunistas con un largo historial de lealtad que ahora entraban en la categoría de traidores sin la menor prueba que confirmara esos cargos, se encontraban Lásló Rajk, Ministro del Interior húngaro, y Gábor Péter, el fundador y jefe de la policía secreta; Rudolf Slánský, Secretario General del Partido Comunista Checo; y Ana Pauker, Ministra de Asuntos Exteriores rumana. También hubo víctimas en el resto de países centro-orientales.

 

Láslo Rájk (1.909-1.949). Ministro del Interior húngaro. Purgado y ejecutado por órdenes de Moscú.

Rudolf Slansky, (1.901-1.952), durante su proceso, en que acabaría siendo condenado y ejecutado. Ser el Secretario General de Partido Comunista Checoslovaco no le sirvió de nada, porque quién mandaba en esos países realmente era Moscú, es decir Stalin.

Ana Pauker (1.893-1.960), Ministra de Asuntos Exteriores rumana. Fue purgada y encarcelada. Tras la muerte de Stalin, fue puesta en libertad.  Después de la muerte de Stalin, la represión se relajó bastante en los países comunistas europeos, porque aquel sistema paranoico y represor era una locura insostenible y estaba costando la vida, incluso a los propios jerarcas comunistas.

Además, los Gobiernos comunistas de aquella época, para hacer todavía más eficaz la represión, llenaron la Europa centro-oriental que dominaban, de campos de concentración, donde internaban, reeducaban, torturaban y en ocasiones asesinaban a quienes consideraban enemigos ideológicos, religiosos,  etc.

Campos como Mühlberg, Torgau o los antiguos campos nazis de Buchenwald y Sachsenhausen en la RDA (República Democrática Alemana),  Bydgoscz, Kutno o Lodz en Polonia,  Ostrava,  Yachimov o Voina en Checoslovaquia,  Reczk, Varpalota o Tiszalök en Hungría,  Pitesti, Mistea o Satu Mare en Rumanía, Belene, Lovetch o Sveti Vratch en Bulgaria,  Maliq, Spaç o  Shtyllas en Albania y Ram, Stara Gradiska o Goli Otok en Yugoslavia.

Fuente:  El telón de acero. La destrucción de Europa del Este (1.944-1.956). Anne Applebaum. Ed. Debate.

Los campos de la muerte. Cien años de deportación y exterminio. Joël Kotek y Pierre Rigoulot. Ed. Salvat Contemporánea. 2.001.

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Publicado por en agosto 15, 2014 en Crimen Organizado

 

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