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La Represión de posguerra. Último capítulo.

20 May

Que Franco no pensaba obrar con magnanimidad y que entendía la represión como una empresa a largo plazo quedó claro en su discurso del 19 de mayo de 1.939, el día que presidió el espectacular Desfile de la Victoria: “No nos hagamos ilusiones: el espíritu judaico que permitía la alianza del gran capital con el marxismo, que sabe tanto de pactos con la revolución antiespañola, no se extirpa en un día, y aletea en el fondo de muchas conciencias”. La insinuación de que se había librado una guerra contra la conspiración judeomasónica y bolchvique  se reiteró en su mensaje de Fin de Año, el 31 de diciembre de 1.939.

La represión salvaje se convirtió en la política oficial del Nuevo Estado. Entre 1.939 y 1.959, 1.001 juicios sumarios en Granada acabaron en ejecución. En Jaén murieron ejecutadas 1.984 personas tras pasar por un tribunal militar, 425 personas fueron ejecutadas extrajudicialmente, y otras 510 murieron en la cárcel.

La cárcel de Ciudad Real, construida para albergar a 100 reclusos, alojaba en aquellos años entre 1.300 y 2.200 presos. Entre 1.939 y 1.943 pasaron por allí más de 19.000 personas. Más de 2.000 fueron ejecutadas.

En  Albacete, donde 920 derechistas habían hallado la muerte mientras la ciudad estuvo bajo control republicano, la venganza franquista casi dobló esa cifra (1.600 ejecutados).

En Murcia hubo más de 5.000 encarcelamientos y más de 1.000 ejecuciones.

En las tres capitales valencianas, Castellón, Valencia y Alicante, 15.000 personas fueron encarceladas, de las cuales tras los interrogatorios más de la mitad seguían encarceladas a finales de 1.939. En dichas prisiones murieron 1.165 presos después de la ocupación franquista. Junto con las más de 4.700 ejecuciones de posguerra, estas cifras constituyen en términos porcentuales, una represión cuya magnitud duplica a la de Cataluña. La diferencia se explica por la huida desde Cataluña de cientos de miles de personas hacia Francia a finales de enero de 1.939.

Las denuncias de particulares se completaban con el triple informe de las autoridades locales. Con este material se organizaban los expedientes acusatorios que desembocaban en penas de muerte o larguísimas condenas. En esta labor de denuncias y detenciones mostraban su celo grupos de falangistas, siempre dirigidos por un  militar, como fue el caso de la patrulla antimarxista de Barcelona, a las órdenes del capitán de la Guardia Civil Manuel Bravo Montero.

El ensañamiento no tenía límites. En Manzanares (Ciudad Real), las sentencias de muerte pasaban a confirmarse a la Auditoría de Mérida (Badajoz). Pues bien, hasta allí se desplazaban grupos de denunciantes del pueblo, a fin de evitar las conmutaciones de penas. No descansaban hasta que sus víctimas caían ante el paredón, la tapia norte del cementerio de Manzanares.

En Madrid, sólo en las tapias del cementerio de la Almudena, fueron fusiladas en la posguerra, 2.663 personas.

En Oviedo hubo 1.331 fusilados en razón de Consejo de Guerra. A estos hay que sumar 251 fallecidos en prisión.

En Tenerife, que durante toda la Guerra estuvo en manos de los franquistas, Ricardo García Luis cifra en 1.600 los “desaparecidos” en esta provincia como balance final de guerra y posguerra. Sólo 62 de las víctimas lo fueron por Consejo de Guerra.

La violación era una práctica frecuente durante los interrogatorio en las comisarías de policía. El traslado a la cárcel o al campo de concentración no era garantía de estar a salvo; por la noche , los falangistas apresaban a las mujeres jóvenes, las sacaban y las violaban. Muchas quedaron encinta de sus violadores.

Terminada la guerra, el secuestro de los hijos de las prisioneras republicanas, no sólo de aquellos que habían sido ejecutados, se convirtió en una acción sistemática. Un total de 12.000 niños fueron internados en instituciones civiles o religiosas donde se les practicó el oportuno lavado de cerebro.

La pena de muerte llevaba aparejado un ceremonial terrorífico.Los que salían del Consejo de Guerra con pena de muerte quedaban en prisión incomunicados en una sección o galería aparte. Se producía entonces la tensa espera, la angustia del condenado, aguardando la confirmación o conmutación de la pena.

El lapso de tiempo entre la condena a muerte y la ejecución en la posguerra fue muy variado. En los primeros juicios, el plazo fue brevísimo, un mes o menos. Después del verano de 1.939, el plazo se extendió un par de meses, debido a la saturación de expedientes en todas las auditorías. En 1.940, la tensa espera se alargó hasta cinco o  seis meses, e incluso se prolongó hasta un año para los ejecutados en 1.941. Por ejemplo, los fusilados de este año en Córdoba, habían sido condenados un año antes en Villanueva de Córdoba, y pasaron por las celdas de aislamiento de Córdoba, primero y Burgos, después, para volver definitivamente a Córdoba y ser fusilados allí. En los años 1.942 y 1.943, los plazos entre la condena y la ejecución volvieron a acortarse, debido al descenso del número de expedientes y a la mayor descongestión de la maquinaria represiva militar.

 

Mujeres republicanas a las que se les rapaba para la cabeza para humillarlas socialmente.

Presos políticos condenados a trabajos forzados en el campo de concentración de Cazalla de la Sierra (Sevilla).

Filas de presos en la posguerra.

Cárcel de mujeres.

Fuente: El holocausto español. Odio y exterminio en la G uerra Civil y después. Paul Preston. Ed. Debate.

Victimas de la Guerra Civil. Santos Julía, Julían Casanova, Josep María Sóle i Sabate, Joan Villarroya y Francisco Moreno Gómez. Ed. Temas de Hoy.

Si alguien quiere leer otros post del blog sobre el tema : El franquismo contra el Pueblo español. Metodologías y tipologías de la represión en Categoría: Ciudadanía. Y Nuevos apuntes sobre la represión franquista. Una política de exterminio autocalificada de higiene social. Categoría: Genocidio.

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