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Una historia de amor inmortal: Orfeo y Eurídice.

30 May

Si Apolo fue el más grande músico entre los dioses, Orfeo fue el mejor músico entre los hombres. La música de la lira de Orfeo hizo adormecerse al dragón que custodiaba el Vellocino de Oro y salvó a los Argonautas de la seducción mortal de las Sirenas. Por consiguiente, su fama se había esparcido por toda Tracia, la tierra donde reinaba su padre.

Orfeo fue también poeta y cantor. En la corte le escuchaban fascinados mientras cantaba las grandes sagas y epopeyas del país, acompañándose con su instrumento. A veces se iba por los campos, y con su música atraía a los pájaros y a los demás animales del bosque. Y no sólo a los animales: cuando Orfeo tocaba, acudían a oírle los árboles  y las piedras, y hasta los ríos detenían su curso para escucharlo.

Fue durante uno de aquellos paseos por el bosque cuando se encontró con la bellísima dríade Eurídice y se la llevó al palacio para casarse con ella.

Las dríades eran ninfas de los bosques y los árboles. Y así, cuando Eurídice se cansaba de la agitada vida de la corte (pues era hija del rey de Anatolia), iba a visitar a sus compañeras de otrora. Se sentaban en la hierba  y Eurídice les contaba  cosas de su extraña vida en la ciudad, donde había calles empedradas en lugar de senderos de hierba, casas y templos de piedra en lugar de espesuras y árboles. Si iba con ella, su marido, Orfeo, entonces las ninfas cantaban y bailaban al son de su música.

Representación de unas dríades.

Otras veces, Eurídice paseaba sola y gozaba con la luz que se filtraba entre las hojas de los árboles y el canto de los pájaros. De cuando en cuando se inclinaba para coger violetas o flores malvas de ciclamen y hacía guirnaldas que se ponía en los cabellos.

Un cálido  día de verano estaba observando un cervatillo que pacía en un claro, cuando de pronto lo vió huir. Un hombre alto se acercaba a grandes pasos. Llevaba arco y flechas y, cuando la vio, se detuvo.

Tras una tensa discusión, el hombre que no era otro que Aristeo, hijo del dios Apolo, comenzó a perseguir a Eurídice para violarla. Ella, aterrorizada, comenzó a huir entre los árboles, escondiéndose a derecha e izquierda.

Lienzo que representa a Aristeo persiguiendo a Eurídice.

La persecución continuó a través de claros musgosos y arroyos de agua. Eurídice llevaba el corazón en la garganta de tanto como le latía, pero le pareció que había conseguido distanciarse de su perseguidor.

Comenzó a trepar por una pendiente rocosa iluminada por el sol. El ruido de los pasos del hombre había cesado. Cuando consiguió llegar a la cumbre, se dejó caer exhausta sobre una roca. Se durmió al sol.

Pero no estaba sola. Allí cerca había una víbora. Sus dientes se hundieron en su piel extendiendo el terrible veneno.

Llegó la noche y Eurídice aún no había vuelto a palacio. Orfeo envió unos guardias a buscarla. La encontraron muerta a las primeras luces del alba.

Orfeo estaba inconsolable.Desesperado, decidió bajar al Hades, el Reino de los muertos y traerla de vuelta al Reino de los vivos. Llevaba como única compañera su lira. Viajó hasta el Norte, bordeando el Mar Jónico hasta que llegó a la Laguna Estigia. Caronte, el barquero del Hades, estaba sentado en su barca esperando su próximo cargamento de muertos.

Caronte, fascinado por la melodía que tocaba Orfeo, le dejó subir en la barca.

En la orilla opuesta, estaba el Cancerbero, el perro de tres cabezas y cola de serpiente que guarda las puertas del Hades, pero amansado por la música de Orfeo, le dejó pasar.

Finalmente, Orfeo fue llevado a presencia de Perséfone, la Reina del Reino de los Muertos. Antes de hablar, tocó una vez más su instrumento, y las sombras de los muertos se fueron colocando a su alrededor. Perséfone, ablandada por la melodía y conmovida por su historia, decidió permitir a Eurídice que volviera al mundo de los vivos.

Pero con una condición: ella le seguiría, más si él se volvía para mirarla antes de haber llegado a la luz del día, ella volvería para siempre al mundo de los muertos.

Llegó la joven ninfa y los dos se abrazaron felices. Perséfone experimentó alguna duda respecto a su decisión, pero no cambió de idea.

Orfeo y Eurídice (1636-1637), Museo del Prado. Peter Paul Rubens (1577-1640)

Orfeo se lleva a Eurídice de vuelta con él gracias al consentimiento de Perséfone. Junto a esta, su marido, Hades, el dios del mundo de ultratumba. El cuadro es Orfeo y Eurídice, de Rubens. (Museo del Prado, Madrid).

La travesía de la Laguna Estigia fue fácil, y así pronto comenzaron los dos a remontar el estrecho pasadizo que conducía a la superficie de la tierra. Orfeo no se volvió nunca, aunque por momentos aumentaba el deseo de comprobar si los pasos que le seguían eran los de su mujer y no se trataba de un engaño. Subieron y subieron, y ya a lo lejos empezaba a vislumbrar la luz del sol.

Unos pocos pasos más, y ya Orfeo estaba al final de la galería subterránea: el calor del sol le calentaba, y se sintió inundado de una inmensa alegría. Lo que parecía un sueño se había hecho realidad; y entonces se dio la vuelta para tener al fin, a Eurídice entre sus brazos. Vio que la joven venía hacia él por la galería aún sumergida entre las tinieblas y, mientras la observaba, le pareció que se desvanecía y luego desapareció. Volvió hacia atrás, pero ya era demasiado tarde. Eurídice había desaparecido en le mundo de los muertos y la había perdido para siempre.

Pasaron los años y Orfeo tuvo una muerte horrible, despedazado por las bacantes. Ovidio  cuenta que su muerte la sintieron las aves, las fieras y peñascos, hasta las selvas, que tantas veces habían acudido al son armonioso de su lira, le lloraron con amargas lágrimas. Y concluye Ovidio : “La sombra de Orfeo bajó al Infierno y, después que reconoció todos los lugares que había visto en otro tiempo, pasó a los Campos Elíseos, y encontrando a su amada Eurídice, la abrazó con la mayor ternura. Desde ese momento no se separan un momento; unas veces pasean juntos; otras la deja ir delante, y otras, la precede él; pero seguro siempre de que, aunque vuelva el rostro para mirarla, nunca más la volverá a perder”.

PD: Como habrán podido deducir, del mito de Orfeo es de donde viene la expresión “La música amansa a las fieras”.

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Publicado por en mayo 30, 2013 en Mitología

 

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