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Estados Unidos levantó campos de concentración en su propio territorio donde internó a miles de familias japonesas durante la II.G.M. sin juicio ni acusación ni garantías. Esta es la Historia más ocultada de EE.UU.

21 Feb

El país de la Libertad y la Democracia ha demostrado una y otra vez que sólo lo es para sus propios ciudadanos y ni siquiera para todos, sino para los más privilegiados económicamente y que por tanto más interés tienen en mantener el status quo conservador donde siempre ganan y pierden los mismos. Por supuesto, en cuanto tiene alguna excusa, el Gobierno de este país, conculca Derechos Y Libertades. Si esas personas, además pertenecen al mismo núcleo nacional de un país declarado enemigo y tienen la piel oscura; mejor. Es el caso de lo que ocurrió con cientos de miles de ciudadanos estadounidenses de origen japonés tras el ataque japonés a la base naval de Pearl Harbour, el 7 de diciembre de 1.941. Estas personas no tenían ninguna culpa ni responsabilidad de lo que hizo el Gobierno japonés. Muchas, además habían nacido ya en suelo estadounidense, nunca habían estado en Japón y no tenían la menor simpatía por el régimen militar japonés. Se supone que si estaban viviendo en otro país (en este caso, EE.UU.) es porque en el caso de muchos, eran exiliados políticos o económicos (recordemos que Japón en aquella época todavía no era la superpotencia económica, industrial y tecnológica, que sería a partir de comienzos de la década de 1.950). Muchos americano-japoneses serían arrestados y reagrupados sin tardanza. Esto se llevó a cabo con gran facilidad, ya que el FBI se preparaba desde hacía muchos meses para la Guerra y se había preocupado de elaborar, por orden  expresa del Gobierno estadounidense, listas en las que se catalogaba a los enemigos potenciales del Estado: nativos alemanes o italianos, por un lado: nativos de nacionalidad o ascendencia japonesa, por el otro.

En enero de 1.942, Francis Biddle, fiscal general de California, crea zonas prohibidas a los norteamericanos de origen alemán, italiano y japonés, principalmente en el sector de San Francisco. En realidad, esta medida discriminatoria afectará mucho más a los japoneses, puesto que los japoneses son muchos más que los alemanes e italianos.

Mapa de los campos de concentración y centros de detención distribuidos por todo Estados Unidos.

Archivo: Mapa del Mundo camps.jpg II Guerra internación americana japonesa

El 19 de febrero de 1.942, el Presidente Roosevelt promulga su acta ejecutiva 9066 en virtud de la cual el Secretario de Estado de Defensa tiene la facultad de delimitar zonas estratégicas de las que debe desterrarse cualquier presencia “extranjera”. Acto seguido, el Presidente encarga al general De Witt que supervise el reagrupamiento de 70.000  estadounidenses de ascendencia japonesa y 43.000 japoneses emigrados. Pequeños granjeros, comerciantes y artesanos, mujeres, niños y ancianos, apenas tienen  tiempo para hacer las maletas antes de que se los lleven. Su destino serán una decena de centros que servirán como lugares de reagrupamiento temporales hasta que se erijan los campos definitivos.

Paralelamente a estas medidas de deportación, el Estado encarga a la Reserva Federal de San Francisco que administre las cuentas bancarias pertenecientes a los japoneses. Y le pide que liquide también sus títulos de propiedad, inmobiliarios y mobiliarios. El Departamento de Agricultura se incauta de las granjas “sin herederos”.

El internamiento se desarrolla en varias etapas. En primer lugar, el envío a centros de reagrupamiento. Más de 90.000 personas serán repartidas en una quincena de establecimientos ubicados en los lugares más dispares: pistas de carreras, campos feriales, lugares donde se agrupa el ganado, estadios,etc. En estos lugares las condiciones de vida no son buenas: falta de ventilación en locales superpoblados, falta de electricidad y sanitarios insuficientes.

Después de estos centros de reagrupamiento, los detenidos son enviados a centros de reinstalación situados en lugares aislados e inhabitables. El 21 de junio de 1.942 abre sus puertas el primer campo de internamiento para japoneses. Ese mismo día, el Congreso aprueba una ley que prevé perseguir a cualquier persona que se niegue a dejarse conducir a él o acudir voluntariamente. Aquí hay alambradas y torres de vigilancia. Y orden de disparar a cualquiera que intente evadirse.

En el intervalo de seis semanas, Manzanar, una aldea perdida en el interior de Texas, ve como su población aumenta en 10.000 “unidades”. Para alojarlos se construyen a toda velocidad 504 barracones. Las infraestructuras son de los más rudimentario. A esto se añade el clima de la región: veranos tórridos e inviernos especialmente rigurosos.

Campo de concentración de Manzanar.

Ese mismo año se inauguran  nuevos campo, construidos sobre el modelo de Manzanar y desperdigados por todo el territorio estadounidense:

  • Amache (Colorado). hasta 3.700 personas.
  • Gila River (Arizona): 13.300 personas.
  • Heart Mountain (Wyoming): 10.700 personas.
  • Minikoda (Idaho): 9.400 personas.
  • Topaz (Utah): 8.100 personas.
  • Tule Lake (California): 11.800 personas.

Y unos cuantos campos más…

img

Familia japonesa esperando a ser trasladada a un campo. Se les han puesto identificadores como si fuesen camisas.

Habrá que esperar a 1.948 y al caso Oyama contra el Estado de California para que el Tribunal Supremo estadounidense admita que la legislación sobre los extranjeros nacidos en EE.UU. violaba la cuarta enmienda. Cuatro años más tarde, en 1.952, la ley McCarran-Walter pone fin a las leyes de nacionalización consideradas raciales y revoca la ley que prohibía a los miembros de países asiáticos nacionalizarse. Sin embargo, no fue hasta mucho más tarde, en 1.988, cuando el Gobierno estadounidense se disculpa de manera oficial ante los americano-japoneses injustamente encarcelados y les concederá tardías compensaciones económicas.

En estos campos se llegan a contabilizar 1.862 defunciones.

Tres niños japoneses en el  campo de Manzanar.

Las autoridades del campo nos dan la bienvenida.

Bibliografía: Los campos de la muerte. Joël Kotek  y Pierre Rigoulot. Salvat Contemporánea. 2001.

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