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Nuevos apuntes sobre la represión franquista. Una política de exterminio autocalificada de higiene social.

01 Dic

Creo que se celebró o se iba a celebrar con toda la ignominia que eso conlleva un acto de recuerdo y exaltación franquista en un conocido hotel madrileño. Ayer firmé una petición para que semejante acto no tuviese lugar en un sitio como es un hotel al que se le supone profesionalidad y un código ético. España sigue siendo el único país del mundo que permite las peregrinaciones fascistas, que tiene un inmenso monumento a una Dictadura y a su Dictador, el único en que el principal partido de la derecha se niega a condenar la dictadura, -algunos de su concejales como de uno de  Talavera La Nueva (Toledo) se hacen fotos en el Valle de los Caídos con la bandera del Águila de San Juan-, donde las apologías del golpismo y el genocidio, no sólo no son perseguidas sino que llegan a ser promocionadas o subvencionadas, donde existe toda una industria editorial dedicada a exaltar a Franco y su Régimen, etc. Ya sé que he hablado anteriormente (hace muchos meses sobre el tema), pero creo que sobre esto hay que insistir. Además, el tema de la represión franquista es muy amplio y da para mucho. Si no hubiese visto la fotografía del político toledano del PP con la bandera pre y anticonstitucional, seguramente hubiese escrito sobre otro tema o no hubiese escrito hoy, pero es tal la indignación, que voy a mostrar al público otro poquito de lo que hicieron Francisco Franco Bahamonde y sus colegas de armas contra su propio Pueblo.

A continuación reproduzco partes del capítulo II del libro Víctimas de la Guerra Cívil (Temas de Hoy, 1999). Este capítulo está escrito por el historiador Julián Casanova y se titula  “Limpiar España de elementos indeseables”: la violencia al servicio del orden.

Antes de que la Iglesia bendijera esa guerra, los militares ya habían hecho probar el hierro de su espada a miles de ciudadanos. Nadie conocía mejor que ellos lo útil que podía ser el terror para paralizar las posibles resistencias y eliminar a sus oponentes. Muchos de ellos se habían forjado en las guerras coloniales, escenarios idóneos para el desprecio por los valores humanitarios y las virtudes cívicas, para educarse en el culto a la violencia. La violencia premeditada antes del golpe, durante la conspiración, se quedó pequeña en julio de 1936. Comenzaron sembrando el terror desde el primer día, intimidando, matando, aplastando las resistencias.

Más no eran únicamente los militares sublevados los que consideraban ilegítima a la República. A esa política de exterminio que ellos inaguraron se adhirieron con fervor sectores  conservadores, terratenientes, burgueses, propietarios, “hombres de bien”, que se distanciaron definitivamente de su orden mediante la ley porque “rota la paz social”,  ya era imposible, como no se cansaron de repetir durante la primavera de 1936.

Los signos de esa acción conjunta de militares y patronos fueron inequívocos desde el primer momento de la sublevación. El 19 de julio de 1936 (día siguiente al de comienzo de la Guerra Cívil), el general MIguel Cabanellas ordenaba en Zaragoza la militarización de todo el personal de las compañías ferroviarias. El 20, publicaba un bando que anunciaba severas medidas para los que secundaran la huelga, y permitía a los patronos rescindir el contrato de los huelguistas. Ese mismo día, en Córdoba, el coronel Ciriaco Cascajo recordaba a los dueños de los talleres, fábricas y comercios que estaban obligados a dar cuenta de la relación de trabajadores o empleados de sus casas que no se han presentado hoy al trabajo, con nombres y apellidos de los mismos.” Aquellos dueños o encargados que no lo hagan, serán pasados por las armas antes de las seis de la mañana”.

Advirtió el general Gonzalo Queipo de Llano en Sevilla: “Serán juzgados en juicio sumarísimo y pasados por las armas los directivos de los sindicatos cuyas organizaciones vayan  a la huelga o no se reintegren al trabajo”.

Los pasaron por las armas, efectivamente, pero sin garantías judiciales. Sus cadáveres aparecieron, expuestos al ardiente sol del verano, en calles y descampados, en las tapias de los cementerios, en los extramuros. Cientos de militantes de la UGT y la CNT fueron liquidados en esos primeros días en Sevilla y Zaragoza.

Ese terror se propagó también como la pólvora en ciudades alejadas del frente de guerra, de posibles ataques y ofensivas. Intenso fue en Valladolid, Zamora, Galicia, Navarra o las áreas rurales del oeste de Aragón. El terror subió todavía más de tono en las ciudades conquistadas por los sublevados tras haber permanecido unos días en poder de las autoridades republicanas. En estos casos, el castigo fue durísimo como lo atestigua el ejemplo de Huelva. Lo que ocurrió en la provincia andaluza fue un auténtico genocidio. Los militares sublevados emplearon agosto y la primera mitad de septiembre en ocuparla. En ese corto espacio de tiempo y en los dos meses siguientes acabaron con la vida de 2.296 personas.

Los primeros en caer fueron las autoridades políticas, ilustres republicanos y dirigentes políticos y sindicales. Los cuatros gobernadores civiles de las provincias gallegas fueron asesinados. El de La Coruña, Francisco Pérez Carballo, tenía sólo 25 años.

Lo de Huesca merece una mención especial. Cerca de un centenar de personas fueron fusiladas en los primeros días acusadas de masones, cuando en esa ciudad los afiliados a la Masonería no llegaban a la docena, todos pertenecientes al Triángulo Joaquín Costa.

En La Rioja, una provincia controlada desde el principio por los sublevados sin demasiadas resistencias, la cacería dejó más de 2.000 muertos, la mayoría en 1936 y resultado de “sacas” y “paseos”, con sólo 5 personas juzgadas ese año por consejos de guerra.

Mientras los “paseos” se enseñorearon de ese ambiente terrorífico, cualquier lugar era bueno para matar y abandonar los cadáveres. En Cáceres resultó muy frecuente tirarlos al río “atados de pies y manos”. Famoso se hizo el puente de Alconétar sobre el Tajo, en la carretera de la capital a Plasencia, donde aparecían cada mañana cadáveres flotando que nunca fueron registrados.

Militares que dejaban su huella sangrienta los hubo en casi todas las ciudades, desde el llamado “Don Bruno” en Córdoba a Joaquín Moral en Burgos, o el capitán Manuel Díaz Criado en Sevilla, quién según testimonios, para acallar su conciencia estaba siempre borracho.

Este son unos breves extractos de como se llevó a cabo el genocidio contra el Pueblo español, por parte de aquellos que afirmaban estar salvándolo y liberándolo.

Investigaciones posteriores de los mismos autores del libro, entre ellos el propio Julián Casanova, han demostrado que se quedaron cortos en su momento con las cifras de la represión. Así, en el caso de Huelva, donde en un principio se habló de 2.296 personas asesinadas, habría que establecer ya 5.455 asesinados por los golpistas. Y aún así quedan zonas de Huelva sin investigar…

La provincia que se lleva la palma con diferencia en cuanto a números de personas asesinadas es Córdoba: 9.579.

He aquí algunas cifras de la represión franquista por provincias (incluyo capital y provincia). Sólo están algunas provincias, las que estuvieron desde el comienzo en manos de los sublevados.  Faltan algunas provincias, porque de esas no hay cifras.

Ávila: 650.

Burgos: 1.538.

Cáceres:  1.880

Córdoba: 9.579.

Galicia (las 4 provincias):  4.396.

Granada: 5.048

Huelva : 5.455.

Huesca: 1.519.

La Rioja: 2.000.

Las Palmas de Gran Canaria : 1.000.

Mallorca: 1.486.

Navarra: 3.920.

Segovia: 358.

Sevilla : 8.000

Soria : 281.

Valladolid: 3.430.

Zaragoza : 6.679.

Total: 57.219

El general Gonzalo Queipo de Llano (1875-1951), convertido durante la guerra en una especie de virrey de la mayor parte de Andalucía. Borracho, golpista y genocida. Numericamente, el más sanguinario de los generales del bando nacional.

Emilio Mola Vidal (1887-1937). El “Director” de la conspiración. Llevó a cabo una represión sin cuartel en Navarra y Vitoria. Murió en accidente de aviación durante la contienda.

José Millán Astray (1879-1954). Fundador de la Legión. Aquél que desde su cuartel general en Salamanca, exclamaba sin ninguna perturbación: ¡Viva la muerte¡. ¡Abajo la inteligencia ¡.

El general Juan Yague (1891-1952), el general falangista de Franco. No le tembló el pulso a la hora de fusilar a 2.000 personas inmediatamente después de la toma de Badajoz.

Francisco Franco Bahamonde (1892-1975). El más listo de todos. Se sumó el último al alzamiento, cuando la Guerra practicámente ya había comenzado, pero fue el que más provecho sacó. Jefe del Gobierno y del Estado, proclamado en Burgos el 1º de octubre de 1936, en plena Guerra Cívil y Dictador hasta su muerte en la cama en 1975. La represión salvaje continuaría en la Posguerra, donde entre 1939 y 1944, serían asesinadas/desaparecidas por motivos políticos, como mínimo 60.000 personas.

Víctimas cíviles de un bombardeo de los nacionales.

Los asesinados por las tropas de Yague en Badajoz.

Bibliografía:

Víctimas de la Guerra Cívil. Ed. Temas de hoy. 1999.  Autores: Santos Julía (compilador), Julián Casanova, Josep María Solé i Sabate, Joan Villarroya y Francisco Moreno Gómez.

http://www.sbhac.net/Republica/Victimas/Repre.htm

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1 comentario

Publicado por en diciembre 1, 2012 en Genocidio

 

Una respuesta a “Nuevos apuntes sobre la represión franquista. Una política de exterminio autocalificada de higiene social.

  1. Marc

    mayo 17, 2013 at 10:40 pm

    Veuillez m’excuser de laisser un commentaire en français mais je ne parle pas espagnol.
    J’en ai assez que l’on nous présente la guerre civile de façon beaucoup trop simpliste: Les “gentils” républicains contre les “méchants” franquistes… Sur les deux photos où figurent des morts,qui vous dit que ce ne sont pas des victimes franquistes massacrés par des républicains?
    Ils faut être objectif pour présenter l’histoire…

     

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