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Fresas Salvajes (1957), de Ingmar Bergman. Una reflexión sobre la existencia y sus sufrimientos.

16 Sep

Pocas películas hay, (si es que hay alguna) que hablen tanto y con tan gran acierto sobre los tormentos del alma y los sufrimientos de la existencia humana. De pocas películas se puede extraer tantísima información sobre el comportamiento humano y especialmente sobre nuestros aspectos más negativos y obscuros que nos impiden ser felices, como de Fresas Salvajes, dirigida en 1957 por el prestigioso realizador sueco Ingmar Bergman (1918-2007). Visionándola, vamos a encontrar muchas cosas sobre nosotros, nuestras vidas o las de otros/as que conocemos que no nos van a gustar. Pues el filme es una reflexión amarga sobre la existencia humana hecha por un anciano en el final de su vida, que debido a muchas situaciones familiares adversas se pregunta en su fuero interno si su vida ha merecido la pena. El anciano casi octogenario, -padre de un hijo, al que apenas ve, infelizmente casado  y tan muerto en vida como él, y con una madre casi centenaria quejica y verdaderamente desagradable- se ve atormentado por crueles recuerdos, dolorosa nostalgia por un idílico mundo que no volverá y por inquietantes sueños que le ponen  enfrente  de sus miedos ancestrales. Esos sueños están hechos de los temores y angustias que habitan el subconsciente de cada uno de nosotros.

Pero cuando el protagonista despierta, el mundo real que le espera no es mejor. Pues en este mundo, vemos constantemente lo conflictivo de las relaciones familiares y especialmente paterno-filiales, la incapacidad o al menos enorme dificultad para exteriorizar sentimientos y sincerarnos con nuestros seres más cercanos, la incomunicación y la soledad.

Si hay alguna conclusión a la que podemos llegar tras finalizar el film, es que el mundo que nos toca vivir y la familia en la que nacemos no la elegimos. Y es que para Bergman en esta película, pocas cosas podemos elegir o cambiar en el curso de nuestras atribuladas existencias. El  protagonista vuelve en sucesivas ensoñaciones al mundo de su juventud, donde no se perdona no haber podido evitar el doloroso hecho de que la mujer a la que amaba se casase con su hermano. Es un tormento que le aflige de manera cruel.  Tan cruel como se imagina a aquella muchacha  a la que amaba representada como cuando ella era joven, mientras que él es un patético anciano- echándole en cara  ella su vejez y decrepitud mientras ella es joven y sana y tiene toda la vida por delante. Es interesante pararse en esta escena y reflexionar sobre cuantas veces había una cosa que nos hacía daño y no nos llevaba a nada bueno y sin embargo nos dedicamos a pensar en ella una y otra vez, hiriéndonos a nosotros mismos cada vez más. Y no eramos capaces de controlar ese proceso infernal en que nos habíamos metido casi sin darnos cuenta.

Los personajes que van apareciendo a lo largo del filme no son más felices. En las conversaciones que van manteniendo entre ellos, se hallan incómodos y tensos, cuando no, huidizos. Se relacionan entre sí por compromiso e inevitabilidad, pero preferirían no tener que hacerlo. Son infelices y sobre todo son como muertos en vida. De esta manera, la sociedad es presentada como una suma de convivencias enfrentadas que desembocan en situaciones de gran tensión. Esto es especialmente destacable en las relaciones entre los personajes que van conociendo el protagonista y su nuera durante un viaje en coche y a los que van subiendo a este.  En ningún momento, Bergman intenta evitar hacer sentirse incómodo al espectador y lo consigue de manera reiterada. Pero, paradojicamente esa incomodidad que sentimos, nos hace que sigamos la película con más interés, -pues para cuando se produce la escena de la discusión de un matrimonio al que han recogido tras un accidente,- ya estamos tan identificados con uno u otro personaje, o un poco con varios, que continuamos hasta el final.

¿Cuántas veces evitamos hablar de aquellas cosas que más tendríamos que hablar o solucionar, pero no lo hacemos porque nos da pánico?. Esto le pasa al hijo del protagonista . Es cobarde y egoísta tanto en su papel  de marido como de hijo, y ahora está muerto de angustia, ante la certeza de tener que asumir una tercera condición: la de padre.

La incapacidad para la comunicación padre-hijo se ve acompañada de otra igualmente real que es la de hijo-madre, cuando el anciano de 78 años va a visitar a su madre de 96, y descubrimos la misma situación que él mantiene con su hijo pero con los papeles cambiados. Ahora es él, quién tiene miedo e inseguridad al hablar con su progenitora.

Todos estos sufrimientos se hallan a su vez aumentados por la dificultad para evadirse o burlar los rígidos códigos sociales de una sociedad inmovilista y puritana (particularmente visibles en le flashback de cuando él era joven y comía con toda su familia).

Tan sólo hay una puerta a la esperanza: el trío de jóvenes (aunque no exento de enfrentamientos entre ellos), tiene energía, optimismo e ilusión por vivir. Y aún ellos, tampoco son ajenos a las preocupaciones existenciales como podemos ver en la escena del debate filosófico acerca del Ser Humano, Dios y nuestra existencia. Escena en la que también es mostrada con claridad la dicotomía juventud-vejez y el inevitable contraste generacional.

El protagonista en compañía de su nuera que le está reprochando ser un egoísta y un cobarde.

La joven a la que amaba reprochándole su vejez, mientras ella permanece eternamente joven.

La alegría y despreocupación de la juventud. Un bálsamo para el atormentado anciano, pues los únicos momentos de alegría se los proporcionan ellos.

El egoísmo y la incomunicación dentro del matrimonio. Ella le dice a su suegro: Mi marido es como tú. También esta muerto por dentro, aunque siga vivo.

Los universos oníricos pesadillescos del protagonista no son envidiables.

Ingmar Bergman.

Fresas Salvajes. Director : Ingmar Bergman. Año : 1957.

Intérpretes: Victor Sjostrom, Ingrid Thulin, Bibi Andersson, Gunnar Bjornstrand y Jullan Kindhall.

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Publicado por en septiembre 16, 2012 en Cine

 

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